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Libérrimas y geográficas memorias del teatro argentino (parte 1)

Lorena de la Parra • 15/Junio/2012 6:06 PM • Coméntala ()

Respondez! Respondez!
Let every one answer! let those who sleep be waked!
        let none evade!
(How much longer must we go on with our affectations
        and sneaking?
Let me bring this to a close--I pronounce openly for
        a new distribution of roles;)
Let that which stood in front go behind! and let that
        which was behind advance to the front and
        speak...

Walt Whitman.


No evitaré hacer comparaciones, al contrario, las haré intencionadamente con alevosía y alegría. De la ventaja preferiría no hablar todavía.

Un breve preámbulo (o como, diría López Velarde: un breve proemio)

Desde marzo a mediados de mayo del presente tuve el enorme privilegio de ver in situ mucho teatro argentino de todo tipo. Digo in situ, sí, por la pedantería propia de quien gusta de las letras y sus recovecos y porque fui espectadora del teatro profesional independiente, amateur y comercial de la cuna de Maradona.

Esquel, Patagonia. Un teatro del pueblo.

Los caminos de la vida me llevaron primero a la Patagonia, región muy austral de nuestro continente, casi donde se acaba el mundo. Esquel es un pequeño poblado de esta vasta y desolada región (35,000 habitantes aproximadamente). Contrario a la mayoría de los pequeño poblados mexicanos (al menos los que he conocido) el teatro es un espacio de recreación e intercambio social importante.

Sí, los habitantes de este joven pueblo (fundado hace más o menos 106 años) cuenta con varios espacios para exhibir no sólo se presenta el trabajo local sino también compañías del resto de Argentina; un pequeño teatro municipal (que además funciona como cine) y varias salas de teatro independiente. En el teatro local, mohoso y centenario, tuve mi primera probadita de teatro argentino.

¿El título? Modestamente con Bombos y Platillos. ¿Los responsables? La compañía cordobesa Cirulaxia, quienes cuentan ya con una larga trayectoria, es un verdadero ejemplo de humor y buena factura. Cuatro actores de gran agilidad y simpatía, dos jóvenes y dos no tanto, despliegan un juego metrateatral "re-lindo" -como dicen por allá- interpretando a una compañía itinerante de actores que prepara su propia versión del clásico argentino Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez.

No se trata de un teatro de intenciones metafísicas, más bien -y eso está muy bien- es un formato sumamente efectivo. Con pocos elementos -un par de pelucas y medias máscaras, colchones y eso sí: bombos y platillos- Cirulaxia logra arrancar las risas del público y darle una vuelta de tuerca a la melodramática historia del gaucho; una de las figuras emblemáticas de Argentina. Con una muy buena técnica de Commedia dell'Arte pero, sobre todo, asumidamente talentosos, los Ciruláxicos se suben al escenario y su sola presencia produce empatía y simpatía, gente con certeza de su oficio; compañía saltimbanqui itinerante a la antigua.

El público de Esquel, aunque reducido en número, salió feliz de esta función. Mas dicen los que saben que el teatro de esta compañía es siempre igual. "Se repiten mucho", fue el comentario que escuché de varias bocas versadas en escenarios. El finísimo detalle es que la compañía de la historia se burlaba de este comentario: "dicen que nos repetimos mucho", se lamentaba agriamente uno de los actores.

Los días y las noches pasaron en el amarillísimo otoño patagónico, otras compañías dieron funciones en el teatro comunitario y en otras sedes; algunas las vi, otras tan sólo de ver diseños publicitarios deplorables preferí pasar. Hasta que, en la sede del Teatro del Tablón, vi un ejemplo muy entrañable de teatro que se podría catalogar de aficionados. Los hijos llegan como el agua es el título del montaje dirigido por Nené Guitart y actuado por cuatro actrices de más de cincuenta años y que, hasta donde yo sé, nunca se han dedicado profesionalmente a la actuación.

Este grupo de señoras (madres, abuelas, excelentes cocineras), con el mero afán de divertirse revelan en el escenario los temas que han marcado sus vidas: la maternidad, la migración, la educación femenina, la vida comunitaria, la amistad. Ningún tema que constituya el hilo negro o la innovación de nada que, sin embargo, se expone desde un lugar lúdico y amoroso.

¿Por qué lo menciono? Definitivamente el objetivo de esta narración-reflexión-comentario no es ofrecer al lector un bonito panorama de la agenda cultural patagónica que en realidad -como diría un amigo de por "ashá"- "me chupa un huevo." Me interesa referirme a los Ciruláxicos y a las Chicas de Nené1 como dos casos de teatralidad realmente cercana al pueblo.

Amigos, es evidente que como le ocurriría a cualquiera, en este peregrinaje por América Latina algo de lo revolucionario, pro "Che", bolivariano le vuelve a surgir a uno como del fondo de su a veces apática alma. De tal suerte que palabras como "pueblo" -que en algo se parece a la palabra público- de pronto vuelven a adquirir sentido.

En la Ciudad de México, la idea de comunidad o pueblo se vislumbra como algo lejano o hay que rascar piedra para encontrar algo similar. Los jóvenes y los ancianos no forman parte de un grupo humano con intereses comunes, no conforman un pueblo; sus afanes, gustos, pasiones y afectos son completamente divergentes. Cada individuo puede decidir siempre entre un sinfín de opciones para alimentarse, divertirse, reunirse. Esquel sí es un pueblo en el que -explicaba mi amigo el actor Eduardo Delgado- ocurre el efecto "Springfield": cada vez que sales te encuentras con las mismas caras. "La misma gente en el súper, esos mismos un rato después en el único restaurante de la esquina." De ahí que niños y viejos, adolescentes, adultos y quimeras se vean en la penosa situación de compartir el único bar abierto en viernes por la noche o la única función de un grupo de teatro. Una forma de vida a micro escala debida a su aislamiento geográfico.

No digo que sea mejor o peor (es más, en el sentido culinario siempre agradeceré el montón de opciones); pero resalta que en un contexto así, una de las elecciones de cultura y entretenimiento del pueblo de Esquel sea el teatro. Y ambos grupos -Ciruláxicos y Chicas de Nené- responden a dicha necesidad comunitaria. Un teatro por y para ellos, un teatro con pocas pretensiones de "artístico", un teatro manufacturado sin el afán de insertarlo en una estética predeterminada.

Aquí viene la inevitable comparación. El teatro de las ciudades está hecho para consumidores de arte que -ya todos lo sabemos- en una buena cantidad de casos son los propios creadores de dicho arte (que van desde los estudiantes hasta algunas vacas sagradas). Nosotros, los consumidores de arte, acudimos al teatro por el producto de nuestra preferencia; el resultado de nuestras infinitas posibilidades de elección en busca de una obra que nos guste. Pero, si la decisión se redujera a asistir o no a un espectáculo, salir de nuestra casa acogedora en una velada fría y ventosa para ir al teatro, a una de las dos únicas obras que se presentan ese día en la ciudad, el espectáculo quizá tendría otro valor en nuestra vida cotidiana.

Para los argentinos patagónicos -al menos los esquelitas- el teatro es un espacio de intercambio social significativo. Definitivamente, esto responde a una tradición y a una estructura y dinámica social e histórica distinta a la nuestra. Aquí vienen las comparaciones: "por ahí" (para seguir usando el slang de la región) me comentaba un experto que un teatrero austriaco o alemán argüía que el teatro mexicano carecía de contundencia debido a que nuestras calles y nuestros diarios avatares están atestados de teatralidad. Yo (o sho) me abstengo de sumarme a tal afirmación -que me resulta de lo más simpática-, s aunque me atrevería a proclamar (acúseseme de malinchista) que el teatro argentino nos lleva de calle en cuestión de calidad.

Párrafo lapidario y muy debatible: quizá ustedes conozcan ejemplos (si es así, por favor cuéntenme) pero yo no he visto a unas buenas madres mexicanas reunidas para dar función con un texto literariamente propositivo, que canten como los ángeles y toquen el bandoneón mientras amasan pan y, por si fuera poco, que actúen a las maravillas. He visto madres mexicanas citadinas hacer todo tipo de actuaciones de melodrama dignas del oscar; angustias y avatares sin fin en la intimidad, mientras elaboran una auténtica contención chejoviana frente a las visitas. Sin embargo, la disciplina artística del teatro no es parte de su día a día. La diferencia radical -y esto es mera suposición, poco sé de la historia de Esquel- estriba en que estas mujeres pertenecen y se criaron en una comunidad en la que el teatro jugaba un papel sustancial (al menos para ellas).

Cirulaxia, por su parte, es ejemplo de una compañía que casi podríamos denominar "comercial" (según me comentaban los cordobeses) pero que presenta un trabajo cuidadoso y amable. En los dos montajes, la actuación era bastante respetable, relajada y sin prisas, orgánica; la dramaturgia era hábil y juguetona y la dirección demostraba una habilidad para narrar ágilmente, para conmover con el acontecimiento de la ficción. En el fondo, ambas muestras de teatro "regional" no son más que un reflejo de lo que ocurre en todo el país. En Argentina el teatro juega un papel mucho más activo dentro de la sociedad, quizá por el rol que desempeñó como un espacio de resistencia contra la dictadura. Aún quiero ahondar en el tema pero me parece que la cosa apunta hacia algo evidente: un teatro con una presencia más relevante dentro de la sociedad tiende a una manufactura más compleja, de mayor calidad. Y a quién ose contradecirme, está muy en su derecho -como diría mi abuela- pero le preguntaría si honestamente ha visto buen teatro de aficionados en sus inmediaciones o una obra dominguera que de verás lo haya dejado con el corazón contento. No pretendo alabar a los muchachos del sur pero en este caso, igual que en cuestiones de futbol, el que sabe sabe.


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1 Me parece que el grupo carece de nombre, así que para efectos de este artículo he decidido bautizarlas en honor a su directora.

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