Aztikeria Teatro

Entradas recientes

Síguenos

Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Youtube Síguenos por RSS

Los cuchillos del vaquero

Op-ed • 28/Junio/2012 9:36 PM • Coméntala ()

Con esta ficción de Óscar Garduño se inaugura la sección Op-ed del Blog de Aztikeria Teatro.


Los cuchillos del vaquero

Por Óscar Garduño Nájera

Llevo la cerveza de lata en una mano. Con la otra intento limpiar mis labios. Trato de ponerme de pie. Nada. Unas piernas que permanecen amarradas al piso como por un maldito hechizo. Pasan unos segundos. Casi parece que los cuento con un segundero que se activa en mis atontados pensamientos. Tras, tras, tras. Escucho tu voz. Aunque no entiendo, sé que algo me dices. Subes el tono, molesta. Luego metes tus brazos por debajo de los míos y me arrastras hacia la cama. Ahora soy un muñeco con el que puedes hacer cualquier cosa.

Excepto cogerme. Parece que lo repites entre dientes. Excepto... eso no nos viene bien desde hace unos días. Lo siento: debajo de las cobijas te abrazo, siento la tibieza de tus nalgas. Repego mi cuerpo contra el tuyo y mi cabeza gira por la recámara.

Al amanecer escucho la vocecita. Parece la de un niño. Así suena. Latosa. Dice:

-Mi jefe, ¿cómo amaneció?

Aparece frente a mí: un enano con los brazos más largos que las piernas. Viste con harapos y sus pies desnudos muestran cicatrices de mugre y uñas como de rata. Finaliza la pregunta y sonríe. Un feo rostro poblado con diminutas señales de acné. Dientes enormes concurridos con visibles caries. Lo recuerdo: hace días que apareció cuando salí del baño y al verme hizo una rídicula reverencia. Entonces llevaba puesta una corona de periódico. Y dijo su nombre: Foedelius. Ignoro qué significa. No me interesa saber si tiene raíces griegas o latinas. Cada que lo pronunció en voz alta me causa risa. ¿Te confieso un secreto? Cuando nazca nuestro primer hijo le voy a poner ese nombre: Foedelius. Ya que crezca, le voy a decir: ¿sabes?, entre tu madre y yo te pusimos el nombre de un pinche enano. Aprende que sólo se crece si miras al mundo desde la altura de uno de ellos; si lo miras como gigante estás perdido.

Es la hora que hemos acordado para separarnos. Tú y yo permanecemos en silencio, ese estado idiota que antecede al adiós de los amantes. Tal vez el miedo. Los días pasan deprisa sobre uno, acarician, dejan fuera detallitos que no advertiste a tiempo. Ya está: en un parpadeo llevas un año, dos, tres al lado de la misma mujer. Y aparecen las maldiciones.

No es una regla, objeta nuestro hijo imaginario. Respondo: mira, en realidad tampoco importa que lo aceptes. Cualquier hijo de puta va a tener una vida mejor que la tuya.

Muevo la cabeza como si intentara decir que sí. Quizás sacudo algo que cae en mi cabello. Foedelius se acerca casi como si bailara una pieza suave. Ha escondido la horrorosa sonrisa. Estira sus brazos más largos que sus piernas y coloca una venda sobre mis ojos. Negra. Así queda mi vista. Tiemblo porque creo que estás parada frente a mí. Intento reír: años atrás, esos mismos temblores habrían significado amor, emoción por nuestra primera cita, murciélagos revoloteando tras nuestro primer beso. Ahora significan que tenemos que salir del departamento, que cerraremos la puerta y tal vez no volvamos a vernos nunca. Es más: en nuestro silencio ya estamos despidiéndonos. Otra cosa sería si en este momento sonara la música. Ya sabes, la que tocan por unos altavoces cuando llega el circo. Cuánto nos gustaba ver el desfile de payasos y animales. Qué risa, ¿recuerdas? Majestic Circo era su nombre y venía en una gran manta con letras doradas. Majestic Circo y revoloteaba por el viento, arrugaba sus letras. Y en la punta de la carpa una enorme bandera con la imagen de un anciano. Qué risa. Supimos por el dueño que el viejo era Sigmund Freud.

Me asomo por la única ventana del departamento. Aparece una carcacha de la cual desciende Foedelius. Lleva unos pantalones bombachos llenos de círculos de colores. Entra. Hace la misma rídicula reverencia. De entre sus ropas saca una botella de vodka y me la ofrece al mismo tiempo que muestra sus amarillentos dientotes. Bebo sin que tú te des cuenta. Foedelius se acerca, me dice que me agache y al oído comenta: el dueño del circo anda en busca de un acto grandioso.

Nos dieron la primicia del cartel. Practiqué una sola vez y luego me fui de rodillas. Pasé frente a la jaula de los leones. También besé a la mujer barbuda. Y antes de entrar a la carpa escuché tus gritos. Me viste con el cuchillo en la mano y otra vez llegaron tus lágrimas. Tan malo era nuestro acto.

Lo sostengo del puño con mi mano temblorosa. Parece que se cae, pero lo alcanzo a levantar a la altura de mi oreja. Hacia atrás. Afino la puntería con una vista borrosa, te veo, lo aviento y el cuchillo pasa a escasos centímetros de tu cintura. Te abrazo. Al fin cogemos.

Un buen día, el Majestic Circo no volvió a aparecer. Nunca supimos lo qué fue de su elenco. Se esfumaron sin dejar noticia alguna. Como nosotros. Cierras la puerta del departamento.

Abro un cajón de la alacena, recargo mi frente en el sucio calendario de una carnicería y saco otro cuchillo. Intento caminar. Muchos pagaron por ver al vaquero con cuchillos en la rueda de la muerte. La encuentro. Es de madera. Tan semejante a nuestra cama.

Sus manitas llenas de mugre intentan parar la sangre.
Luego apago la vista.
Frente a mí se cierran las puertas de una ambulancia. Por las ventanas alcanzo a ver a Foedelius: mueve su manita aún embarrada de sangre. Estás al lado de la camilla y al fin estamos juntos. Tomas mi mano. Todo va a estar bien. Vuelves a llorar.

Al día siguiente, dentro de una sala de operaciones cancelan nuestro acto. En una silla queda tu silencio.

Categorías:

Etiquetas: , , ,

Escribir un comentario

VER ARCHIVOS »

esto es el
BLOG
de Aztikeria Teatro

Archivo mensual

También puedes leer


Este blog tiene una
Licencia Creative Commons.