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La generación resentida: Crónica de la función de Hurt

Op-ed • 22/Julio/2012 2:18 AM • Coméntala ()

Por Amory Blaine

Aquí se hace teatro. Hay que decirlo. Se construyen escaleras a domicilio, también. Y tras subir tantos y tantos escalones, se rentan habitaciones para un puñado de sueños. Así se comienza. Sueños y teatro. Buena combinación. Pongan ustedes el plato donde se han de servir: Aztikeria. Si se mira bien, no es tan fácil. Porque las habitaciones que más se rentan son para las pesadillas. Incluso en temporada de vacaciones. Eso es lo que significa dedicarse a cualquier actividad cultural en este país. Burocracia. Ineptitud. Indiferencia. Pongan ustedes lo que se les ocurra. Siempre y cuando lo pongan en boca de alguna autoridad cultural. Los compañeros de Aztikeria lo saben. Y por momentos parece que se resbalan unos cuantos escalones, quizás y pasan rosando el barandal y miran hacia abajo, una pierna por acá, otra por allá: un vacío, un enorme vacío. Pero se levantan. Lo hicieron hace un año. Fue cuando llegaron a Edimburgo, al festival... Fíjate: uno de los más importantes a nivel mundial. Claro que no es cualquier cosa. Cómo se lo explicas a alguna autoridad cultural. Y lo mejor es que allá cargaron un verbo: aprendizaje. Total, de eso también se trata el teatro. Aprendizaje de las creaciones del otro. De un país por completo distinto al nuestro. De las prisas y el poco dinero. Cómo explicas lo que cuesta sostener un viaje así. Estamos ahora en 2012. El tiempo acá pasa mucho más rápido que cualquier cambio de escenografía. Se van de nuevo. Ahora no es igual: cargan experiencia y eso, Walter Benjamin nos lo dijo, asegura un camino menos accidentado. Pero antes, la intención de obtener recursos. Y la cita es el lunes 16 de julio. Lugar: teatro orientación del centro cultural del bosque. Buen sitio. Llegas a buena hora, compras tu boleto y tienes cerca una cafetería donde te pides una cerveza, ocupas una de las tantas mesas, admiras el cielo, escribes y de vez en vez también escuchas comentarios acerca de las obras que ahí se presentan.

Expectativas: llegas, te sumerges en las personas que esperan para entrar, y luego lo haces en las palabras que alcanzas a escuchar: un remolino de sorpresas, coincidencias y disidencias. Confianza. Buena difusión. Reconocimiento, sobre todo eso: la gente reconoce la capacidad y creatividad de un grupo de jóvenes que se llama Aztikeria (no hay que olvidarlo). Anécdotas. No falta quien llama por celular de última hora a la novia para invitarla. Quien en taquilla pide tramposamente una credencial para asegurar un descuento. También quien acompaña a su novio, novia, mamá, papá, abuelo, amante, y en fondo no tiene puta idea de dónde se encuentra. O quien presume sus tantos y tantos libros teóricos, sus clases con tal o cual maestro (casi todos muertos). También de obras de teatro. Es lo que congrega. No hay que olvidarlo: aquí, señoras y señores, se hace teatro. Posturitas, muchos y muchas. A fin de cuentas, la entrada a cualquier espéctaculo también sirve de pasarela. Y no solo de modas (soberbia, tonos oscuros, maquillaje en exceso, apestosos perfumes, sonrisas de recién limpieza dental, trajes arrugados), sino de intelectos (teatro ruso contemporáneo, francés, etc.). Se abren las puertas. Ya puede usted pasar. Antes reciba un artístico programa de mano. Una mujer hermosa los reparte. Mejor augurio para la obra no podemos tener. Siempre que hay una mujer hermosa se salva el mundo.

Es difícil. Si cuento de qué trata la obra, muchos acusarán estas líneas de mal espía. Restará emoción cuando decidan verla. Daré tan solo algunas claves. Con los montajes que valen la pena eso se debe hacer. Avienta pistas, que las sigan, que den con ellas, que te contradigan en pensamientos, que obtengan sus propias conclusiones. Un monólogo, para empezar. Eso, de entrada, no es sencillo. Una actriz. Melanie Borgez. E innovadores recursos técnicos. La sinopsis viene en el programa de mano. Ahí tienen ustedes un trabajo. Un esfuerzo que vale la pena. Aquí todo lo vale.

Siempre he sentido especial atracción por los personajes contradictorios. Esos que luchan con una aureola celestial y con un grillete en las piernas. Entre el bien y el mal. Así es el personaje de Hurt. La historia no es sencilla, hay que decirlo. Y más de uno sostuvo, al finalizar, que era acorde para generaciones actuales, pero no para las pasadas. También sustos. Pornográficamente, diré que hay una masturbación fingida en escena. ¡Vaya susto! Otra clave: al inicio, se nos presenta un barquito de papel. Luego corre la obra y uno se pregunta, para qué demonios nos presentaron un barquito de papel. Obvio, la respuesta nos la ponen en la cara al final. Un viaje. Y dejarse ir tras contar una historia, pues eso y no otra cosa hace un monólogo. Tristeza. Rabia. Frustración. Madreada autoestima. Alegría. Risas. Disparates. Hagan el ejercicio: acomoden ustedes la lista como crean conveniente. De cualquier manera, cuando vean ustedes Hurt, terminaran por romperla en mil pedazos, asegurando que el teatro de Aztikeria rompe con todos los parámetros (y con nuestras listas).

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