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Desde Escocia con amor

Alfonso Pinkus • 06/Agosto/2012 5:15 PM • Coméntala ()

Afuera llueve. El lugar desde donde escribo es un flat maloliente en la capital de Escocia, Edimburgo, por lo que mi primer declaración no es de extrañarse. Han pasado 5 días ya desde que estamos en esta ciudad al norte del Reino Unido y ya hemos pasado de todo. Como en todo viaje, existen muchas historias que contar, así que les compartiré algunas de las impresiones sobre nuestra estancia en este país septentrional.

Fotos de Beatriz ÁlamoEn esta ciudad, lo primero que puede uno notar al bajarse del avión es que aquí el verano dice esta boca no es mía. Y es que está ubicada al sur de un estuario bastante grande que desemboca en el Mar del Norte y entre dos pequeños cerros, el Hollyrood (nada que ver con su pariente cuasi-homófona, Hollywood) y el cerro donde está ubicado el Castillo de Edimburgo. Como podrán imaginarse, se crea un pequeño altiplano desde donde domina la vista al estuario y por el que suben y bajan los vientos tanto o más como suben y bajan los autobuses double-deckers por sus calles.

Nunca he estado en Barcelona pero cuentan que la sensación de sí estar en un país aparte es muy parecida a la de estar en Escocia. Nada tiene que ver con Londres. Incluso, casi no se ve la Union Jack por ninguna parte y más bien predomina la bandera azul con la cruz de San Andrés, emblema de esta región. Los escoceses mismos son mucho más cálidos y sonrientes, con un acento mucho más cerrado y tres veces más pelirrojos. Mientras en Londres se celebran unas calurosas olimpiadas, acá el ambiente está en el polo opuesto.

Aunque ya he dicho que el clima no es exactamente lo que uno tomaría por veraniego, no me gustaría imaginarme los niveles a los que desciende el mercurio en la estación opuesta del año. Y es por eso que los edimburgueses avientan la casa por la ventana durante los meses de julio y agosto en lo que ellos denominan la temporada de festivales.

Esta temporada se compone de una serie de festivales que ocurren a lo largo de estos dos meses: primero está el festival de Jazz y ya acercándose a agosto (la época más movida), aparecen el festival Fringe, el festival Internacional, el Military Tattoo, el festival del libro y el festival de arte. Los más importantes son el Fringe y el Internacional, aunque todos coexisten en una armonía inusual que se nutre del interés común de atraer visitantes a esta ciudad, otrora capital cultural de Europa.

Todo comenzó cuando en la época de posguerra se decidió levantar los ánimos del país con un festival artístico y qué mejor lugar que Edimburgo: prácticamente había quedado intacta después de la guerra, puesto que aquí no había ni industrias ni sedes de gobierno. Sin embargo, los artistas escénicos británicos no estaban de acuerdo con que el festival Internacional fuera tan elitista (es, finalmente, un festival que tiene curaduría) y decidieron venir a Edimburgo de todos modos y presentarse donde pudieran. Esto evolucionó con los años y en alrededor de los setentas (aquella década dorada), el Fringe, que viene del inglés on the fringe (al márgen), tomó una importancia mayor al festival Internacional, su predecesor.

Es ahí donde nos estamos presentando: en este generoso festival que está abierto a todo tipo de expresiones escénicas en el que muchas carreras han empezado y, al mismo tiempo, monstruo insaciable al que no le bastan los casi tres mil espectáculos que ostenta para hartar sus ambiciones capitalistas. Ahondaré en el tema de la ciudad y su historia y del festival en sí, quizás, en otra ocasión, porque la extensión sería restrictiva y para darle cabida a nuestra primer anécdota viajera.

Fotos de Beatriz ÁlamoNosotros, como buenos mexicanos, desconfiamos de toda persona e institución a quien podamos vislumbrarle (o inventarle) alguna maña o truculenta intención. Sin embargo, siempre se nos ha educado con que los europeos son de lo más puntuales, rectos, ordenados y, en resumen, temerosos de la Ley.

Con esta premisa, muy felices nosotros rentamos un bonito flat que encontramos en internet desde hace meses y el cual reservamos con tarjeta de crédito y el cual terminamos de pagar con muchas dificultades y tropiezos en el camino de encontrar fondos en México para patrocinar esta participación nuestra en el Fringe que ha sido publicitada por otros como uno más de los eventos mexicanos en la olimpiada cultural de Londres 2012.

El primer error fue que no hubo contrato. Nos respondió nuestro tenido a bien landlord que podíamos contar con su palabras. Vaya, los escoceses sí que son anticuados. Pero, bueno, cuántas películas no nos han hablado de lo importante que es la palabra de honor en otras culturas. Además ya estaba hecho el daño pago. Cabe mencionar, también, que en Edimburgo durante la época del festival se triplica el precio de las ya de por sí altísimas rentas. Sólo para darles una idea: dos semanas en el flat costaron lo que uno pagaría en la colonia Roma durante 6 meses por un departamento el doble de grande. En fin, el que convierte no se divierte, dicen.

Pues, tal como esperarían, llegamos triunfantes y agotados por las 12 horas de vuelo con todo y molcajete a la calle de West Nicolson para encontrar a nuestro landlord, a quien le habíamos escrito el día anterior dándole santo y seña de nuestra llegada. Pues no hubo tal encuentro. En su lugar nos topamos con una pareja de simpáticos pero desorientados alemanes que también tenían la misma reservación que nosotros y durante las mismas fechas. Oh, no. Y empezó a llover justo en ese momento. Pasadas unas seis horas después, dos de las cuales las pasamos en una estación de policía donde la solicitud más recurrente del área (según un cartel pegado ahí) era por la pérdida de mascotas, nos tuvimos que registrar desolados en un hotel del centro apretando, aún más, nuestro presupuesto.

Sin embargo, ya caída la noche y tratando de amagar nuestra penas en un pub local so pretexto de usar el wi-fi gratuito del establecimiento para informar a nuestras familias de nuestra situación, encontramos que el landlord de última hora se arrepintió y nos realizó una devolución del dinero excusándose porque "había empalmado reservaciones." No parecían cuadrar muchas cosas: de todos modos nadie lo conocía en el edificio, en el flat que nos rentó vivía una venerable anciana desde hace tiempo y, sobre todo, a los pobres alemanes (según nos contaron después cuando fueron a nuestra primer función en un extraño vínculo paternal creado por la desgracia mutua) nunca les devolvió nada. Mmm. Qué diablos, nos regresó más de cuarenta mil pesos que, de por sí, ya debíamos.

Sigue lloviendo. Sigo en el nuevo flat, que sigue apestando, y del cual tenemos sospechas (fundadas puesto que tenemos varias pruebas) que nuestros nuevos landlords se salieron para rentárnoslo en esta temporada en que las rentas se triplican. Y sin embargo estamos encantados de estar en este gran festival y en esta preciosa ciudad.

Pero esa, como diría la simpatiquísima señora del noventero anuncio del extinto banco Inverlat, es otra historia.


Crédito: Las fotos de esta entrada fueron tomadas por Beatriz Álamo desde su pequeña cámara que le hace la vida un infierno porque prende su flash a la hora que se le antoja.

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