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Postulados para un teatro de última generación

Alfonso Pinkus • 13/Febrero/2013 10:20 PM • Coméntala ()

Una de las muchas interrogantes que permanecieron constantes en mi cabeza durante mis estudios de teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y que nadie (al menos de manera satisfactoria) pudo responderme durante mi paso por la universidad fue cómo debía ser el teatro de nuestra generación.

Aquí debo comenzar por exponer un punto inicial: por nuestra generación me he de referir a la generación de jóvenes teatristas cuya edad oscila entre los 20 y 30 años y que veo marcada por diversas características comunes: una infancia en los noventas desprovista de toda la parafernalia tecnológica del siglo XX, entre cuyos referentes siempre ha estado la cultura estadounidense y cuya idiosincrasia está marcada por las crisis económicas, el miedo al gobierno, los estereotipos chabacanos del mexicano y los discursos dogmáticos sobre quiénes somos basados en filosofías que ya no nos parecen representar; una adolescencia en los dosmiles marcada por el boom del Internet y las redes sociales, una cierta estabilidad económica (con sus diversas y terribles vicisitudes) en el país, la globalización generalizada de este nuevo siglo, el relevancia de los derechos humanos y las nuevas luchas sociales de esta última década (desde los derechos para las parejas del mismo sexo hasta los movimientos surgidos del #OccupyWallStreet o la caja de Pandora abierta por WikiLeaks).

Podría decir, tomando palabras prestadas de un colega cercano, que somos la generación del 11 de septiembre de 2001, la que vivió la catástrofe de primera mano, en cadena nacional, y que estamos ansiosos por dejar atrás toda la mierda (la cual todavía estamos tratando de terminar de reconocer) que nos han heredado nuestros antecesores.

He comenzado este texto aludiendo a la academia, puesto que siempre sentí que en las aulas podían manejarse diversos discursos pero siempre haciendo referencia a una serie de tótems; desde las vacas sagradas del teatro (o el cine, o lo que sea) hasta los muy pocos ejemplos de profesores activos y que, aunque nos atraen por sus ideas sobre el teatro contemporáneo, no terminan de entender lo que nuestra generación tiene que decir. Y, valga decir, no tendrían porqué. La reflexión sobre el teatro venidero viene a recaer, pues, sobre nosotros y nadie más.

Creo que lo más valioso que puedo encontrar de la frustración ante esta interrogante inicial que no ha podido ser respondida es entender que el quehacer del teatrista de nuestra generación no está en las universidades por supuesto. Está acá afuera. Por lo tanto, propongo para iniciar la discusión:

1) Adios a los tótems. Hay que estudiar el pasado para aprender de él pero también para dejarlo muy atrás. Está bien estudiar a nuestros predecesores, históricos y artísticos, pero no tenemos por qué rendir homenaje a quien no lo merece. He escuchado hablar de ciertos académicos mexicanos recientemente fallecidos, por poner un ejemplo, como si se trataran de verdaderos genios de clase mundial. En una profesión como la nuestra, en donde muchas veces comenzamos a ejercer como asistentes de dirección o actores para directores más consolidados, se nos obliga a reverenciar a los mayores, como si se tratara de una cofradía medieval. Ya pasó el tiempo y época de las vacas sagradas y así está bien. No pudieron cambiar el mundo y ya han dejado de tratar de hacerlo, así que ¿por qué tendría que interesarnos lo que tengan que decir en pleno 2013, cuando sus mejores trabajos datan de hace 10, 20, 30 o hasta 40 años? Para serles franco, los mejores montajes que he visto en México en los últimos 5 años provienen de gente menor a 35 años.

2) No tener miedo a salir de nuestra jaula geográfica. Una de las características más maravillosas de nuestra generación es la globalización. Ésta nos permite mirar en tiempo real, por medio de la amplia variedad de medios de comunicación, sucesos en el otro lado del orbe. Uno puede sentarse cómodamente con su computadora en Iztapalapa, Coyoacán o Santa Fe a ver cortometrajes excelsamente realizados por todo tipo de creadores, enterarse de las últimas noticias en Taiwán, Darfur o Pakistán, estar siempre al pendiente de los atropellos a los derechos humanos en África, Medio Oriente o en la frontera con los Estados Unidos. Somos la generación de Youtube, de Vimeo, de Google, de la música indie, de los ebooks, de Amazon, de Skype, es decir, de la globalización, y creo que tenemos más en común con los jóvenes latinoamericanos, estadounideneses, europeos o asiáticos que con las generaciones mexicanas anteriores a las nuestras.

3) Dejar de lado falsos patrioterismos. Aquellos comerciales realizados en los años noventas que sentenciaban que lo hecho en México está bien hecho son mierda pura. Ni lo que está hecho en México es necesariamente bueno, ni lo que está hecho en el extranjero es necesariamente malo. Y del modo contrario también funciona: no por ser extranjero es bueno, ni por ser mexicano es malo. Lo que está bien hecho está bien hecho y ya. La mayoría de nuestros referentes artísticos valiosos provienen del extranjero. Agradezco estar en esta época de globalización en la que puedo sentirme orgulloso de tener referentes de todo el globo. Ya lo había entendido Borges en sus tiempos pero aún no terminamos de asimilarlo los demás. Yo en lo particular detesto el cine de la Época de Oro de México por excesivamente melodramático y costumbrista. Sin embargo, alabo varias películas del cine mexicano de estos últimos años. Y puedo decir que hay puestas en escena mexicanas que he visto últimamente que me han parecido muy superiores a algunos montajes que he podido ver en el último viaje que realicé al Festival Fringe de Edimburgo. Estoy harto de ver obras situadas en un departamento en la Condesa o en una vecindad en Iztapalapa. La gama es mucho más amplia.

4) Aprovechar todos los recursos (artísticos, tecnológicos, humanos, etc.) que tenemos. En la época en la que estamos ya nos encontramos parados sobre los hombres del gigante que está parado en hombros de otros gigantes más. Tenemos infinidad de escritos sobre teoría dramática, espacial, actoral; contamos con recursos tecnológicos para realizar en escena artilugios que dejarían boquiabiertos a los espectadores de hace medio siglo; contamos con referentes infinitos desde lo pop, la alta cultura y hasta la vida cotidiana. Apelo a su utilización y apropiación en el teatro. Además, tenemos la fortuna de poder expresarnos con infinidad de estilos, tonos y referentes a la hora de presentar nuestro trabajo; puede ser desde el hiperrealismo, desde la fantasía, desde la narraturgia, desde el texto en verso, desde lo abstracto, desde lo conceptual. Ya no estamos para encontrar el hilo negro y todos remar hacia la misma dirección, sino para jugar a formar figuras diferentes.

5) Asumir nuestros referentes. Como jóvenes mexicanos, hemos mamado el rencor hacia el extranjero, desde la España conquistadora hasta los Estados Unidos todopoderosos. Tenemos que superar el síndrome de la Malinche y Santa Anna y asumir que, para bien o mal, la cultura estadounidense marcó por lo menos la segunda mitad del siglo XX y esto hemos heredado. Hemos crecido viendo series televisivas y películas producidas en Hollywood, hablando en inglés, naciendo con nombres anglos (¿cuántas Elizabethes, Jonathanes, Jenniferes o, incluso, Bryanes no pululan entre nuestro coetáneos?). Podemos hacer juicios de valor pero teniendo en claro que no se puede modificar el pasado, sólo el presente. Las culturas siempre se han nutrido de las invasiones extranjeras y esto no siempre es sinónimo de catástrofe. Del mismo modo, el pop también es un referente y, seamos honestos, es el primero de todos: tanto los huacales mexicanos en los mercados y el entorno urbano de la Ciudad de México como la plástica y los gags hollywoodenses aparecieron primero en nuestras vidas, antes de que conocieramos a Brook, Jodorowsky o Castelucci. Se vale usarlos a todos.

6) Por último, ser honestos y hablar de nosotros mismos desde los múltiples lenguajes posibles. Me molesta ver una puestas en escena con voces falsas, impostadas a la usanza de la vieja escuela, o que trabajan desde la forma por la pura perfección estética sin importar el contenido. Y también no hay nada peor que el neocostumbrismo, basado en estereotipos de nosotros mismos. No quiero ir al teatro a ver al Chavo del Ocho o farsas al más puro estilo de Jorge Ortiz de Pinedo (y miren que vi uno así recientemente en el Centro Cultural del Bosque). Quiero ver teatro técnicamente excelso pero que me conmueva, en el que pueda creer, con el que me ocurra algo al dejar el foro, la calle o la azotea en la que se presente. Que sea cercano a mí, que hable de nosotros como generación de esta época y este entorno. Pero, sobre todo, quiero ver que te pasa algo a tí como creador o intérprete, que a tí te conmueva, que me estás hablando en cualquier género, tono, estilo o lenguaje pero con honestidad.

A manera de conclusión, y al mismo tiempo de apertura, dejo esta no tan pequeña reflexión en este espacio cibernético con la esperanza de que sirva para debatir, entre todos, qué debe o no debe ser el teatro de nuestra generación. Los insto, por lo tanto, a usar la sección de comentarios para proponer ampliaciones a estos postulados o criticar los ya expuestos. Lo importante, aunque lluevan los jitomatazos, será abrir la ventana y que se ventile nuestro teatro.

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