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Por una pedagogía del teatro

Andrea Soler • 10/Abril/2013 11:02 AM • Coméntala ()

¿Se puede enseñar a actuar, dirigir o escribir teatro? La respuesta es obvia: claro que sí. Sin embargo, hay más de uno que opina lo contrario; y con más de uno no me refiero a unos cuantos desconocedores de la materia, sino a una inmensa mayoría de profesores de teatro que van por la vida exhortando a los aspirantes a artistas a mostrar su talento, antes que darles una buena lección de técnica.

Se parte de la creencia, prejuicio, sentencia, o como queramos llamarlo, de que el talento es una especie de don otorgado de forma innata a unos cuantos elegidos y que tocados por esa varita mágica esos casi dioses no tienen más que pararse en un escenario y brillar. Poco a poco se irán acostumbrando a las tablas hasta que la escena será una misma con ellos y conseguirán conmover hasta el más insensible espectador. Esos talentos, tan raros, hay que encontrarlos y darles la oportunidad; luego, lo harán solos. La escuela se presenta, en este sentido, como una audición. Y el docente es el visor que decide quién posee el regalo de dios y quién debe mejor dedicarse a otra cosa.

No hablo al tanteo, pues he tenido la "oportunidad" de formarme con diversos pedagogos que trabajaban así: tú actúa, dirige, escribe tu escena... y ya después te diremos qué nos pareció, si tienes o no el talento que hace falta. Pero ¿cómo lo hago?, me preguntaba todo el tiempo...

A nadie que haya estudiado en el Colegio de Literatura Dramática y Teatro se le escapa que la dinámica que expongo es la práctica en por lo menos un 50 por ciento de las clases... eso tomando en cuenta que el otro 50 por ciento son teóricas. Y que aunado a eso la fe que se tiene en el alumno es muy poca. Me parece lamentable que a lo largo de la carrera escuché a los llamados profesores decirles a sus alumnos cosas como: "Nunca vas a dirigir" o "no sirves para actor"; o lo contrario: "Qué bueno eres". Pues ¿no se supone que estamos aquí aprendiendo, maestro? ¿No se supone que he venido para que usted me apoye en este proceso? ¿No se supone que ya sé que no sé y que por eso estoy aquí? Pues no, parece que no, que a la escuela de teatro se va a que lo halaguen a uno o lo humillen públicamente. Aunque sea cliché -y de ellos queramos escapar como de la muerte los artistas- no miento al decir que con los dedos de una sola mano puedo contar a los maestros que realmente me ayudaron a formarme como artista. Los demás se dedicaron de manera insolente a pisotear las capacidades que pudimos haber adquirido en otros escenarios.

Mientras estás en la escuela piensas que estás aprendiendo, que las horas invertidas en las aulas, donde los maestros se dedican a juzgar el trabajo que haces con las pocas -o nulas- herramientas que tienes (de dónde sea que las hayas sacado) y con la única guía de "muestra lo más vivo que hay dentro de ti", "sé orgánico" o simplemente "haz algo con las manos", sientes que estás adquiriendo conocimiento, que estás por lo menos experimentando el estar frente un público -tu profesor y compañeros- probando cómo impresionarlo, conmoverlo, desplazarlo... y a veces lo consigues. Sin embargo, al salir de ese mundo y enfrentarte a públicos internacionales, colegas extranjeros, castings, audiciones, competencias... te das cuenta de que no aprendiste mucho y que soportaste más que nada demasiada humillación inútil. Lo bueno es que también te encuentras con que más allá de los comentarios de profesores enquistados en el colegio que aseguran que la gente no va al teatro, que hay demasiada oferta y poca demanda y que solo alguno de sus alumnos terminará dedicándose profesionalmente al teatro (así que mejor te vas buscando acomodo en Superama) hay muchísimas opciones laborales, así como públicos deseosos de espectáculos de calidad y necesitados de catarsis.

Habrá quien sobresalga, y que, bajo ese sistema de enseñanza-aprendizaje, se convierta en un artista maravilloso, como siempre hay personas que tienen deseos de superarse, de aprender, de destacar... pero ¿saben qué?, será uno, y evidentemente no llegará hasta donde habría podido si ese mismo deseo de superación hubiera sido cobijado por un maestro, un pedagogo, un docente, una institución.

Al no contar con un método didáctico fiable, el teatro se ve reducido a que los artistas hagan las obras "como dios le dé a entender" (por citar a uno de mis maestros de dirección más prestigiosos) y los consumidores de esos espectáculos huyen de las salas ya de por sí medio vacías despavoridos asegurando que no les gusta el teatro. Lamentablemente el problema se va multiplicando, pues los mismos artistas mediocremente formados, por mediocres profesores, forman mediocres alumnos, y al final hacen obras de teatro mediocres en espacios mediocres para públicos aburridos, que caen ahí porque son familiares, amigos, colegas o despistados.

No me sorprende entonces que como público nos conformemos con actuaciones tan mediocres, en teatro, cine y televisión, donde a los actores a veces ni se les entiende lo que dicen. Y que los reconocidos acaben siendo siempre los mismos, y que de esos pocos la mayoría se hayan ido a formar al extranjero o tienen una vocación de acero. Veo en los escenarios mexicanos actores tensos, vacíos de sentido, realizando movimientos inútiles, despilfarrando energía, gritando, sin control, llorando a la menor provocación, respirando de forma inconciente y... mejor no sigo.
Porque esto no es un problema que me atañe solamente a mí, sino a toda la comunidad teatral mexicana, e incluso más allá de la comunidad teatral, la cual al menos se mantiene a sí misma, al país entero pues el teatro es un bien invaluable para el desarrollo humano.

Nada hay nada más lejos de la realidad que la existencia del talento. La disciplina, el estudio y el trabajo son el único camino para obtener resultados. Y el virtuosismo en la ejecución de una técnica siempre será admirado. Estoy convencida de que cualquiera en principio puede aprender una disciplina, ya sea la ingeniería mecánica o la actuación. Y partiendo de esa máxima es como tanto los maestros como los alumnos debemos enfrentarnos a la educación artística. Creo que si realmente queremos que el teatro mejore -y nos mejore- es justo ahí donde debemos poner atención.

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